Desde que somos pequeños, tendemos a identificarnos con lo que nos rodea, a hacer piña en torno a una serie de características comunes que nos permiten desarrollar, entre otras cosas, un número dado de relaciones personales que probablemente marcarán el resto de nuestra vida.
Así, ya en los primeros años de colegio, nuestros compañeros de clase son nuestro 'ejército' particular, con el que nos unimos en contra de esos bobos de la clase de al lado. Pero pasa el tiempo, y empezamos a juntarnos con ellos en el patio, y mira tú por dónde, resulta que esos de 5ºB parecen majetes y todo.
Crecemos, y van surgiendo nuevos núcleos de identidad; en principio, todos ellos son impuestos (nuestra clase, nuestro colegio). Pero poco a poco somos nosotros los que marcamos el camino, y elegimos las actividades que más nos interesan: grupo de teatro, banda musical, equipo de fútbol. Cuanto más nos integremos en cualquiera de estos grupos, mayor será la identificación que sintamos para con el propio grupo, que va más allá del propio conjunto de personas, tomando un valor añadido relacionado con la propia 'institución'; lo que en deporte se llama 'amor a unos colores'.
Es curioso que cada vez que salimos al patio (de forma figurada), generalmente descubrimos que lo que hay fuera no es como lo pintaban; del colegio pasas al instituto, y los chulitos del cole privado con el que rivalizabas hasta hace nada, se vuelven buenos amigos; vas a la Universidad, y conoces gente de otras provincias y regiones que son tan o buenas (o malas) personas como aquellos con los que te has criado; empiezas a viajar, y vaya, ni siquiera los franceses son tan insoportables como pensabas cuando no habías conocido a ninguno. Y por supuesto, sales a vivir a otro país, a otro continente, y compruebas en primera persona que hay multitud de americanos que saben dónde está España, que no van con una pistola en el bolsillo y que no están todo el día comiendo hamburguesas.
Como decía antes, cuanto más tiempo pasas atados una identidad, más se desarrolla... pero puede llegar a límites peligrosos, pues empiezan a confundirse la identidad fuerte con la estrechez de miras.
Por tanto, para aquellos que sufren del mal de exceso de identidad y defienden que lo suyo es lo mejor pero sin razón que lo argumente, tengo una cura: abrir la mente. Obviamente, todos tenemos nuestras filias y fobias, pero liberarnos de nuestros prejuicios es un punto muy importante.
Retomando el tema de los americanos: el hecho de que Estados Unidos sea un auténtico crisol de culturas (ojo, me centro en California que es lo que conozco; el que conozca el Medio Oeste, que me cuente lo que se cuece por allí) hace que la 'identidad histórica' de sus comunidades tienda a diluirse en la multitud. Pero a diluirse en el sentido positivo de la palabra, porque no se pierde, pero tampoco se abusa de ella. Hindúes, vietnamitas, mexicanos, europeos, todos los que estamos por aquí tendemos a unirnos alrededor de tanta cosa buena que se nos proporciona por estas latitudes, y utilizamos nuestras identidades personales (culturales y/o nacionales en este caso) como un (importante) recuerdo que siempre va con nosotros pero que de ninguna manera excluye al prójimo. Es una de las cosas que más me gusta de vivir aquí, la verdad.
Pero llegados a este punto, voy a intentar hacer hincapié en donde se notan las diferencias entre esta sociedad y aquella de la que yo provengo. Esas identidades primarias de las que hablaba antes, en el caso de los americanos (sean del origen que sean) que conozco, apenas tienen vigencia a medida que la vida va pasando por ellos. Cuando hablo de mis amigos de Navalmoral, de mi querido colegio El Pozón, del instituto Augostobriga... les suena raro; para ellos no es común. Sí, el hecho de mantener esa identidad viva con el paso del tiempo es una característica mucho más propia de la cultura latina que de la anglosajona o centroeuropea. Trasladando esto al deporte, mi amigo Sebas (argentino), lo llama "sentimiento de pertenencia": eres de un equipo, veneras unos colores y su estadio es para ti un templo sagrado (ojo, que no estoy generalizando, la conversación original iba por estos derroteros). O en otro ejemplo muy gráfico, eres capaz de ir a las fiestas del pueblo de al lado y liarte a mamporros con grupos de allí, sólo por ser de otro pueblo (alguien recuerda las fiestas de Almaraz?).
Es algo que no ocurre en Estados Unidos, lo aseguro. El lazo de unión con el pasado es muy fino, quizá por el hecho de que se trate de un país enorme y una vez que te vas de un sitio, volver es costoso en todos los sentidos. O quizá eso sólo sea un motivo añadido y vaya todo en la propia cultura. Who knows!
Ojo, que al igual que cuando hablo de EE.UU. lo hago de California, al hablar de España lo hago de mi propia experiencia, de alguien criado en provincias, donde la identidad es si cabe más fuerte. Toda la gente que conocí en la Universidad, nacidos y criados en Madrid o alrededores, son más "americanos" en ese aspecto; sus identidades se ciñen en algunos casos al barrio, en otros ni eso. Es una de las cosas que más nos sorprendía a los de fuera: que hicieran pandilla con gente que conocían de clase. Nuestra pregunta era: pero tú... no tienes amigos de los de siempre? Ingenuos.
Así que esta es la manera en la que funciona, o en la que yo veo que funciona, este asunto de 'sentirse identificado con'. Personalmente, sigo siendo muy moralo y muy extremeño, y aunque no hago de ello un motivo de exclusión, sé a ciencia cierta que es algo que me va a acompañar allá donde vaya.
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