Desde siempre, ha habido eventos deportivos que han logrado trascender de su propio lugar dentro de la disciplina a la que corresponde, convirtiéndose en acontecimientos especiales. Veamos algunos ejemplos.
No muchos siguen el atletismo con frecuencia, pero la final de los 100 metros lisos en los Juegos Olímpicos es uno de sus momentos estrella; a pesar de todos los escándalos relacionados con el doping, el Tour de Francia tiene una gran relevancia en el ámbito internacional. Aunque el fútbol americano apenas tenga aficionados fuera de Estados Unidos, la Superbowl es otro de los momentazos del año.
¿Y qué ocurre con el fútbol? Evidentemente, el Mundial es el acontecimiento estrella por antonomasia, como no podría ser de otra manera: jugadores de los cinco continentes luchando junto sus compatriotas en contra del resto de naciones. Tiene un toque épico que hace que sea inigualable, por más que a los americanos esto de luchar por países esté empezando a entrarles en la cabeza ahora... igual porque ven que su histórica supremacía está dejando de ser tan clara.
En cuanto a fútbol de clubs, la final de la Champions es otro de los momentos clave del curso deportivo, especialmente ahora que se juega en sábado; pero lo que estoy percibiendo últimamente, lo que me ha hecho escribir sobre este tema, es el gran calado que tienen los "clásicos" Madrid-Barça en todo el globo.
El año pasado, justo una semana después del 5-0 en el Camp Nou, viajé a Argentina. Vale, es un país futbolero como el que más (o igual sería mejor decir que es el más futbolero de los países). Sea como fuere, al detectar mi acento de gashego, la conversación se iba al partido: el taxista incluso me llevó a ver los campos donde entrena la selección, y me contó que mientras se jugaba el clásico, él y todos sus colegas dejaron de trabajarlo para verlo. Todos los amigos que allí hice habían visto el partido y recordaban lances en los que yo no había reparado. Después, en Iguazú, me quedé un par de días en un albergue en el que Manu, uno de los chicos que trabajaban allí, me llevó a jugar con sus amigos; y de nuevo, todos hablaban más del Madrid-Barça que del propio campeonato argentino que terminó en esas fechas.
Como digo, al tratarse de Argentina, puede considerarse algo normal. Pero es que lo de hoy ha sido tremendo. Aquí, en Silicon Valley, nada de tradición balompédica ni leches que lo fundó, y aún así, en el entro comercial en el que he estado, me he cruzado (no exagero, lo prometo) con más de 15 personas con camisetas o chaquetas del Barça. Y no sólo eso, sino que varias personas se me han acercado a preguntarme sobre el partido (yo llevaba una chaquetilla del Barça naranja florescente, no había pérdida). Incluso un par de dependientes me han dicho que eran del Madrid, que mira que había empezado bien todo y bla bla.
En definitiva, lo que quería apuntar es que estos enfrentamientos directos entre los (actualmente) dos mejores equipos del mundo han traspasado fronteras, y no sólo en la vecina Europa o en la futbolera Sudamérica, sino incluso aquí en Norteamérica, si bien casi todos los aficionados son asiáticos o hispanos.
Dada la trascendencia adquirida, harían bien ambos clubes en seguir el ejemplo de hoy: ni una mala palabra en la previa del partido, nada reseñable durante el mismo, y sin declaraciones estrafalarias después: en una época en la que, a nivel internacional, el nombre de España está asociado a deuda, paro y corrupción, estaría bonito que el deporte ayudara a mejorar la imagen del país.
Aunque si el fútbol no cumple, siempre nos quedará Nadal.